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miércoles, 28 de marzo de 2007

Vacuidad

Ilustración: Restos de Mantua. Reuters.

Mi madre siempre ha dicho que para estar guindando es mejor caer. Siempre lo he creído. Pero hoy quería darme una licencia. Hoy no me apetecía.
Lo sé. Sé que no hay cosa más cierta que “de la nada vienen, y a la nada regresan”. Pero hoy lo que me provoca náuseas es la contundencia con que la sinceridad de sus gestos y palabras me hacen evidente la vacuidad de las personas en general, y de estos casos, en particular, por muy cortés que sea.
Náuseas. Vértigo.
A mí, que me consuelan tanto las preguntas hoy como otras veces quedan díscolas y absurdas. Ni siquiera merece la pena cuestionarse los criterios de la gente para valerse de atajos tan inhumanos en búsquedas que contradictoriamente suponen tanta humanidad. Y teniendo cinco, uno les es suficiente, y con ello se conforman. Hoy se me ocurre que el conformismo en estos casos en demasiado parecido a la mezquindad.
De allí que ahora me asome y lo que haya sea una gran nada. Nada que merezca la pena.
Y yo que quería volar. El caso es hoy no era un buen día para asomarme al vacío.

jueves, 25 de mayo de 2006

En una esquina

Ilustración: A todas las niñas valientes que salen a buscar lo que quieren. Nicoletta Tomas.

Harías 51. 51 años, hoy.
¿Cómo lo celebrarías? Otras de las innumerables preguntas que siempre me inspiras al pensar en ti. Me es inevitable, ya ves, desde niña, aunque no recuerdo a ciencia cierta cuando me hice la primera.
Muy probablemente yo ni siquiera podría felicitarte, no sabría donde hacerlo. Y con mi conocida y brutal franqueza debo decir que preferiría no hacer algo tan sin sentido.
Seguramente por eso hoy me acuerdo de ti. Como siempre, me acuerdo de ti.
Galeano comienza su Libro de los Abrazos apuntando que recordar viene del latin recordis, volver a pasar por el corazón. Tus pasos físicos por mi corazón fueron muy breves, pero el etéreo perdura, y ha sido de una contundencia, que si no fuera porque he dejado de creer en muchos absolutos para ser más honesta, le pondría ese adjetivo.
Hay gratitud, sin soberbias, de verdad, mucha gratitud, después de tantos años, kilómetros, preguntas y sueños. Pero sigo sin cerrar mi gestalt, y aún no quedamos tablas, aún no.
Fui una niña precoz, menos para el romance, siempre fui una niña precoz. Con mis coletas rizas, mi sonrisa amplia, y esa mirada impertinente que casi siempre me delata. La sensatez, la responsabilidad y el nintai –que es como le llaman los japoneses al domino sobre sí mismo- llegaron pronto a mi vida, de manera que ante las amenazas de esa niñez precoz mi ingenio saltó como mi mejor defensa, para no necesitarte.
¿Tú me necesitaste? Allí van de nuevo, las preguntes, ya ves. Pero sólo para ésta si tuve respuesta, me la diste en ese último mensaje que dejaste en mi teléfono, dos años después de nuestra despedida. La última vez que escuché tu voz. Sí, me necesitaste. Pero no pude ayudarte, no estuve allí, de manera que nuestra historia siguió marcada por las ausencias.
Hoy tu ausencia es más obvia, porque tu cuerpo ya no está, ni siquiera a 6.000 km de distancia. No puedo volver a buscar en tu mirada, ahora que ya sé leerlas mejor que cuando tenía 18 años, mis respuestas.
Releo estas letras y parecen cargadas de tristeza y dolor, y lo único que lamento es que puedan generar una compasión inmerecida.
Corrijo, no es lo único. También lamento que este post no tenga final con moraleja, ni siquiera rebuscada al más puro estilo hollywoodense, y se nota una vez más mi rebeldía antiimperialista.
Me gustan los cumpleaños. Es importante para mi celebrarlos. Y hoy sería el tuyo. ¿Y si fuera el primero...? Ya sé que las niñas no deberían salir solas, pero mi adultez –precoz- puede acompañarme.
Tú siempre supiste donde encontrarme, y apenas ahora es que yo quizás pueda hacerlo contigo… así que ya sabes, podemos quedar allí en una esquina... en una esquina de mis sueños.

martes, 16 de mayo de 2006

La espera y la sorpresa


Ilustración: Por ti. Nicoletta Tomas.

Sus palabras llegan hoy como un susurro muy lejano, lejano pero contundente. Y si antes me debatía entre la espera y la sorpresa, hoy optó por el escepticismo y la sonrisa.
Entre la espera y la sonrisa y aún en contra de la sorpresa y el escepticismo, quisiera terminar estas letras como terminan las historias con finales felices, con moraleja si no es mucho ambicionar, pero eso si, sin la sensación de manidas y desafortunadas frases que suenan a rutina y monotonía. Prefiero, como he dicho antes, que la vida me sorprenda, desde luego para bien. Será por eso que sigo escribiendo, conjurando, aún sin finales.
Descubrir espacios ha sido una sorpresa, una grata sorpresa, a pesar incluso del súbito silencio. Será por eso que hoy tengo paz en el cuerpo, y a pesar de los pronósticos, paz en el alma.
En medio del silencio, yo esperaría, paciente, que sus manos esfumaran su ausencia. Pero he decidido sonreír, mientras tanto, para no esperar y dejarme sorprender con las buenas nuevas que en estos días de primavera encendida –y casi consumida y consumada- parecen abundar. Sé que será su recuerdo el que un día se sorprenda, súbito, como diría Benedetti “no sé cómo ni sé con que pretexto”, se sorprenda sonriéndome… No esperes…

miércoles, 3 de mayo de 2006

Redención

Ilustración: Sin título. Anónimo.

A mi amigo Karl, que prefiere el reproche como condena de su ausencia que su absolución…


Hay quien condena el olvido con el desquite, otros con la desmemoria.
Hay quien condena la ausencia con el reproche, otros con la indiferencia.
Hay quien condena el desamor con la negación, otros con la reciprocidad.
Hay quien condena la traición con el hostigamiento, o el rencor, otros con el olvido...
Pero me pregunto entonces, ¿quien se atreve a redimir hoy al otro por el olvido, el desamor, la traición y la ausencia?
Sin condenas.
Yo opto por la redención de la palabra oportuna de cada amanecer -o atardecer, depende del hemisferio- para ese, que esta allí, o que no está, que dejará de estar, o que en un feliz momento, por obra de la casualidad o de un descuido de la vida, estará...

miércoles, 26 de abril de 2006

Como el agua

Ilustración: (Buscando el título). Nicoletta Tomas.

Suelo preciarme de la memoria –la buena memoria- como un legado de los dioses. Hay estaciones más memorables que otras, y la primavera merece mención especial aunque no por florecerme el alma. No obstante ésta parece hacer un hito en evocaciones de futuros urgentes. Esta tarde, a 28 grados, una gota de sudor, casi imperceptible, corre por mi frente y me asalta con una certidumbre que no termino de calificar… A veces la memoria tiene el color del agua…

***
Hoy amaneció nevando en Madrid. Cuando era niña –y un poco más grande también- soñaba con ver nevar. Ahora, son cinco los inviernos que llevo viéndolo y me sigue provocando esa sensación de ser y de estar con todos los sentidos.
Pero hoy amanecí con la melancolía en el cuerpo. De puertas adentro, eso sí. Quizás por eso en mi ordenador dejo rodar Antony and the Johnsons una y otra vez.
Le recordé. Y hasta diría que le extrañé. Extrañé volver a sentirme en su piel…
Creo que escondido en una esquina del armario de mis emociones, allí detrás del abrigo azul que me pongo en los momentos especiales, estaba mi deseo recordando su olor, su tacto, sus labios… Aunque yo esté aquí, fuera, a plena luz del día, con los ojos bien secos, mi sonrisa de los jueves y mi me melena de rizos para los días de lluvia.
Me siento como la nieve que cae hoy. Cae mucha, pero no termina de cuajar ni en las aceras, ni en los árboles, ni en los techos. Se funde y se vuelve agua, y parece que hubiese llovido por toda la ciudad. Hoy me llueve por dentro el anhelo…
Tras leer a Isabel me dirijo a la oficina. Camino entre charcos, y entre uno y otro veo reflejados unos ojos almendrados y la paradoja de una sonrisa –suerte de perversión y dulzura a la vez- que encontré a principios de un otoño. Reinvento conversaciones y sonrisas en el remanso de mi cama, esa camaradería espontánea, esa complicidad tan perfectamente improvisada y ese inventario de coincidencias que nos sorprendió más de una vez pero que olvidamos al instante.
Le recordé… sobre todo mientras veía nevar…
PD : Me pregunto de qué color es su memoria. Quizás blanco tirando a agua…

Madrid, febrero de 200?. (¿He dicho que nevaba?)”.

***
Lo dicho, a veces la memoria es como el agua… Y hoy, en plena primavera y con mi melena de rizos aunque no llueva, me alegro de ello.