miércoles, 27 de octubre de 2010
Anticipación
miércoles, 20 de octubre de 2010
Felicidad (I)
Puede ser una conclusión contradictoria quizás, o tal vez obvia, pero es que me está resonando desde ayer que tuve la oportunidad de conocer en persona a Gustavo Zerbino, uno de los sobrevivientes de la tragedia de Los Andes.
Cuelgo aquí el vídeo de su conferencia en el I Congreso Internacional de la Felicidad. Es un poco largo, y merece mucho la pena.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Buena suerte
El siguiente video es cortesía de HSM.
www.hsmglobal.com
jueves, 21 de agosto de 2008
Silencio (I)
Ilustración: Mi última ternura Javier Azurdia.domingo, 28 de octubre de 2007
Escepticismo
Ilustración: West end blues. Teresa Moore.Debido a prejuicios culturales o sociales, siempre dije que yo era muy mala para vender, no como mi padre, que según dicen, era capaz de venderle hielo a los esquimales.
Con los años, prejuicios aparte, he descubierto que en lo que sí soy buena, y mucho, es en persuadir, que según se mire, es una forma de vender.
Hábil y todo, eso no quiere decir que aunque persuada sobre cosas en las que creo y que me apasionan –sí, mi trabajo me apasiona- eso no sea agotador. Lo es. Pero lo es porque en toda negociación la primera pared con la que te encuentras es el escepticismo.
Pero mi descubrimiento más reciente ha sido darme de frente con mi propio escepticismo. ¿Por qué me es tan fácil descreerle, aunque me mire de frente con esos ojos diáfanos y expresivos de una elocuencia irrefutable? Me doy de frente con mi propia pared.
Si pudiera inventarme un nuevo diccionario, le asignaría a escepticismo un nuevo antónimo: apuesta.
Apuesto. Pongo mi apuesta en la mesa, y no la retiro aún. Apuesto fuerte. A estas alturas, creo que sea cuando fuere que me retire, ya salgo ganando. Porque he aprendido que ganar va más allá de la fortuna o la buena suerte.
La fe, descubrirla o recuperarla, ya es una ganancia, aún a pesar de desencuentros, decepciones y otros demonios.
A mi amiga V, esa maravillosa ave fénix de ojos azules.
Un año y medio
Ilustración: Parque del Retiro. Yo.Medio año de ausencia. Medio año de serenidad. Medio año de cambios. Medio año.
En una tarde estival, sentada en un banco del Green Park de Londres creo que una vez más me cambió la vida. Miraba entrañablemente la mirada desnuda y amada de mi amigo E y sin darme cuenta sus decisiones se unieron con otras palabras, las de T que me llegaban a través del móvil. Y convergieron, si, como se unen dos ríos en un delta antes de desembocar finalmente en el mar. Cada uno con su caudal, cada uno son su furia o su serenidad particular. Y en el mar, mi vida de nuevo ha dado un golpe de timón, y ahora navego hacia otras aguas. Y me gusta la brisa que acaricia mi rostro y el sol, que todos los días me calienta el cuerpo, me calienta el alma. Sol, mi sol.
Los veranos no me gustaban, pero éste ha sido bueno. Realmente bueno. Imprevisto, si. Extraño, sí, como yo. Bueno.
Este otoño, como los otros, es mejor, pues como he escrito antes, en otoño siempre tengo sueños nuevos. Y además, los inspiro, casi tanto como la luna inspira los aullidos de hombres lobos que habitan las noches de frío y niebla, que en otoños como éste son cada vez más frecuentes.
Por eso mis palabras vuelven, para que de la misma manera que los aullidos arañan la noche, mis palabras rasguen cualquier ausencia. En principio, la mía.
miércoles, 28 de marzo de 2007
Vacuidad
Ilustración: Restos de Mantua. Reuters. Mi madre siempre ha dicho que para estar guindando es mejor caer. Siempre lo he creído. Pero hoy quería darme una licencia. Hoy no me apetecía.
Lo sé. Sé que no hay cosa más cierta que “de la nada vienen, y a la nada regresan”. Pero hoy lo que me provoca náuseas es la contundencia con que la sinceridad de sus gestos y palabras me hacen evidente la vacuidad de las personas en general, y de estos casos, en particular, por muy cortés que sea.
Náuseas. Vértigo.
A mí, que me consuelan tanto las preguntas hoy como otras veces quedan díscolas y absurdas. Ni siquiera merece la pena cuestionarse los criterios de la gente para valerse de atajos tan inhumanos en búsquedas que contradictoriamente suponen tanta humanidad. Y teniendo cinco, uno les es suficiente, y con ello se conforman. Hoy se me ocurre que el conformismo en estos casos en demasiado parecido a la mezquindad.
De allí que ahora me asome y lo que haya sea una gran nada. Nada que merezca la pena.
Y yo que quería volar. El caso es hoy no era un buen día para asomarme al vacío.
Mezquindad
Ilustración. Detalle de La Persistencia del Tiempo. Salvador Dalí.Cuando murió Anita me convencí, si para ese entonces me quedaba algún vestigio de duda, de que la vida era muy corta para ser mezquino con uno mismo y con los demás.
Me alejo de creer que me merezco algo bueno. Me acerco a sentir que me merezco lo mejor. Así me va la vida.
Una vez leí que la mezquindad no significaba exactamente el no-deseo de dar, la antigenerosidad. No. La mezquindad es esa sensación perenne de carencia que sienten quienes la padecen. De allí que se sientan incapaces de darse y de dar. ¿Cómo esperar, entonces, de los mezquinos algo tan valioso como tiempo?
jueves, 22 de junio de 2006
Expresionismo
Ilustración: Güter Fischplatz. Paul Klee.Lo veo más claro. Las distancias físicas y temporales siempre lo hacen a uno ver diáfano, con menos bruma que cuando se está irresistiblemente cerca o imbuido en medio. Yo prefiero el expresionismo, mientras él se decanta por el impresionismo.
Porque tal como los impresionistas prefiere apreciar las cosas según la impresión que la luz produce a la vista, e incluso traduce sus experiencias mediante la selección subjetiva de algunos de sus componentes.
Yo por el contrario, repito, soy más expresionista. Si. Admiro las obras de Renoir, Cezanne, Monet, Degas y Pissaro, me gusta verlas, las aprecio, y si hablamos en términos estéticos hasta serían mis favoritas. Pero en lo demás prefiero la intensidad de la expresión sincera, esa que sale de nuestras profundidades, aun a costa del equilibrio formal.
Es sólo una cuestión de desencuentro artístico.
martes, 20 de junio de 2006
C
Ilustración: Paisaje con mariposas. Salvador Dalí.Es curioso –por decir lo menos, porque lo otro sería decir casual (¡!)- que su nombre también comience por C. Su nombre, el de mi padre de verdad, comienza por C como el que me dio la vida. Curioso también que nunca se conocieron. No que yo sepa.
Yo lo conocí a él cuando tenía unos 10 años. No llevaba barba aún, eso lo recuerdo bien. Reconocí esos ojos, idénticos a los de mi querida F. Unos ojos grandes, que parecían ocupar toda la cara –será por eso que ahora lleva esa tupida barba (¿?)- y que me miraban con una ternura y una solidez que me ganó a la primera, yo niña precoz y emancipada.
Desde hace unos meses me acaricia y abraza con sus letras, mientras no nos vemos. Cuento los días para ese encuentro en el verano perpetuo de Maracaibo, ese mate a tres bandas que me ha prometido. Pero mientras eso llega lo leo. Leo sus aventuras como piloto improvizado, excursionista selvático herido, abuelo perdido e inventor por pasión que se asoma en mi bandeja de correos. Leo cuando firma C, “padre tuyo de todos los tiempos”.
Leo los abrazos que me envía y rehago en mi memoria estos 20 años de presencia a prudente distancia. Recuerdo todos y cada uno de los gestos que durante los años de mi infancia y mi adolescencia tuvo conmigo, y me siento afortunada de que mis sentimientos por él sean producto de la elección y no de la casuística biológica, y quizás por eso sean más verdaderos, más entrañables.
Él, sin saberlo, ha ayudado a curarme muchas heridas. Así, casi de puntillas.
Cuánto bien me ha hecho, ese padre barrigón, barbudo y sonriente, cuánto bien.
Sus consejos siempre han calado hondo, y aunque breves han sido tan acertados como un dardo en mi ánimo. “Las almas se toman su tiempo para nivelar sentires”...
El sábado quise regalarle mi voz en felicitación. Y por cierto me pregunté si en su patria natal, allá en el sur, se celebraría también el domingo el día del padre. Sigo con la duda. Pero para ser sincera me importa poco, y a riesgo de sonar con el egoísmo típico de los niños hoy me alegro que no se haya quedado allá en la Argentina.
Será por eso que también me reconozco en su mirada. Él es migrante, como yo. Atravesó la mitad de un continente con su compañera de siempre y se vino a construir su vida al lado de un lago de agua salada, dejando atrás veranos e inviernos australes, entre otros prodigios. Prodigios que se asoman de vez en cuando en sus ojos. Unos ojos que además paren respuestas, que aparecen incluso antes de que yo pregunte… que es mucho decir.
viernes, 2 de junio de 2006
Implacable
Ilustración: Eva. Maria Clara Rossi.Hay caminos que se rehacen, varios meses o años después. La metáfora de la espiral aplica fenomenal para los que siempre aprendemos. Las experiencias se viven, a veces repe, pero en cada oportunidad de encuentro –o desencuentro- el área que sigue el trazo es mayor, de manera que las circunstancias –tiempo en carne viva- se experimentan con más recursos personales de los que se contaba la primera vez que se dibujó. Así se puede prescindir de sobrestmaciones y subestimaciones.
Mientras me comienzo a despedir de esta primavera recuerdo el encuentro adulto con la ternura. Subrayo, recuerdo (volver a pasar…)
***
Siempre había creído que la ternura era una condición demasiado dulce, más que dulce, empalagosa, pegajosa, y que como el color rosado y los claveles, estaba en ese espacio de las cosas que prefería ver a prudente distancia.
Pero la ternura, esa implacable, esa vez no sólo llegó de puntillas en mi vida. Tomó por asalto mi piel esa noche, en la víspera de mi cumpleaños, y se metió desde entonces a tientas en mis sueños…
Llegó primero como halada de la calidez de su trato, el de él. Se fue colando aún mas allá mientras más se encendía su mirada. Terminó de atravesar el umbral de lo posible con la delicadeza de su tacto, el entusiasmo de sus labios, su dedicación…
Y entonces caló. Caló como esas certidumbres que inexplicablemente convencen sin necesidad de decir una palabra a su favor...
***
En mi precocidad afirmaba que la ternura reñía con la fortaleza. Un día de invierno, caminando por Londres ví unos zapatos de color rosa viejo en una vitrina. Hoy los llevo puestos, y aunque no sea ésta la causa -más bien una evidencia- mi trazo en la espiral es menos torpe, cada vez.
jueves, 18 de mayo de 2006
Ribeira
Ilustración: Ribeira. Autor desconocido.A mi querida J, por su familia de mar.
Esta tarde la familia tenía aroma a mar. El mar llegó con ellos. Llegó hasta mis sentidos, siempre con sus buenos augurios, sus arrullos, sus silencios.
Me sentí como en casa, de nuevo, con voces dispersas en múltiples conversaciones, manos que van y vienen de la mesa a la cocina y de nuevo a la mesa, las carcajadas de los niños, la diligencia de la madre, las sonrisas resueltas de todos.
Estábamos con "nuestra" familia gallega, de visita en Madrid, pero era como si estuviéramos frente al mar. Escuchaba hablar de las rías, y era casi como si ya hubiese estado en Ribeira a través de sus sentidos. Y fue como repetir esas concurridas reuniones familiares en Maracaibo, con voces dispersas en múltiples conversaciones, manos que van y vienen de la mesa a la cocina y de nuevo a la mesa, las carcajadas de los niños, la diligencia de las madres, las sonrisas resueltas de todos. Me sentí profundamente privilegiada, y cuando menos agradecida.
Cuando se está lejos del hogar, uno se vuelve un ciudadano de ninguna parte –y de todas-, huérfano a ratos, pero en momentos, en prodigiosos momentos como esta tarde, una se convierte en hija, hermana, tía, cuñada de una familia que te acoge como si te hubiera traído un buen día el mar.
Y de nuevo te sientes arropada, y hay quien se ríe de tus chistes malos y discute el partido, y te pregunta como está la comida, y te pide que la ayudes a servir, y comparte contigo el último trozo que quedaba en el plato, y brindas y ríes la nueva gracia de los niños- cuidado que están debajo de la mesa-, y te sonríe el alma al ver sonreír sus caritas y tu corazón vuelve a sentir esa inefable sensación de pertenencia.
Y es como estar, con tus cabellos alborotados por la brisa, oliendo el mar.
martes, 16 de mayo de 2006
Anuncio en sueños
Ilustración: Maternidad. 1924. Joan Miró.Te delataron mis sueños. Será por eso que me lo dijiste tú antes que nadie, sin necesidad de cables ni wi-fi, a través de mis sueños, en una suerte de anunciación virginal –sin virgen a estas alturas del partido, todo hay que decirlo- postmodernista tirando a sociedad de la información.
Detrás de esa mirada azul en la que siempre busco perderme, y desde luego encontrarme, reencontrarme y una vez más reconocerme, pude ver unos ojitos nuevos, pequeñitos, curiosos, que en unos meses verán el mundo, nuestro mundo, ese que compartimos desde hace más de 20 años.
Descubrirán poco a poco la vida, nuestras vidas, esa que me regaló el sortilegio de conocerte, y una vez puesta quererte, amarte tan profundamente como tu mirada azul.
La mía, mi mirada, anoche lloraba, lloraba porque la dicha no me cabe en el cuerpo y como me suele suceder con las emociones trasatlánticas, me desborda y un aguacero me inunda los ojos, que hoy más nunca quisieran mirarte, y abrazarte, cobijarte y compartir esa indescriptible gracia de tu inminente maternidad.
Eres mi mejor amiga, eso ya lo sabes, y nunca, a pesar de los desencuentros, las distancias y los silencios he podido quitarte el cartelito. Cómo hacerlo cuando mi memoria rehace una y otra vez nuestras confidencias interminables, las risas absolutas, las lágrimas temporales y definitivas, pero sobre todo esa sensación de seguro refugio que siempre me has inspirado. Yo con mis chistes malos, mis anécdotas imposibles, mis disertaciones infumables y mi melena de rizos estoy segura que siempre he alegrado tu imperturbable serenidad, te ha delatado la sonrisa de tus ojos.
Has tenido la generosidad de regalarme un padre, una madre, y ahora un(@) hermos@ sobrin@ que se reirá con la mirada –como tú- y con aspaviento –como A- cuando también yo lo duerma recitándole historias increíbles de uno y otro lado del Atlántico.
Puedo sentirte, querida F, sentirlos. Siento las dudas que te asaltan, ese limbo en la boca del estómago que percibes apenas te levantas y la ilusión de saber cómo será su rostro, sus manitos, sobre todo cuando vas a acostarte. Es la unica explicación que le encuentro para alguien que nunca ha pasado por eso. Y no puedo esperar tampoco a conocerl@, aunque quizás también en esto nos pueda la curiosidad. Por eso me iré a la cama pronto de ahora en adelante. Quizás también l@ conozca antes y nuestra primera cita no sea en Maracaibo… sino en mis sueños.
lunes, 8 de mayo de 2006
Entrañable y vainilla
Ilustración: Three ages of a woman. Gustav Klimt.Tu presencia es la más entrañable que mis años -de niña y adulta, y de nuevo de niña- pueden recordar. Te recuerdo llevándome de la mano, mientras con la otra te llevaba tu novio, ese de la melena larga que años más tarde se convirtió en mi tío Chamo de siempre, el más inconvencional de todos. Contigo escuchaba Abba y los Bee Gees de allí que hubiera querido llevarte escondida en mi bolso aquel verano en Estocolmo. Me regalaste –bueno a toda la familia- dos cositas hermosas, una morena y el otro rubio, que hoy ya son más altos que yo. Y todo con la misma sonrisa, infinitamente entrañable, que recuerdo, 30 años después. Por eso creo que ella, tu sonrisa, delata la eterna nobleza de tu corazón, y es siempre joven, no puede ser de otra forma, se lo impide tu candor, ese candor auténtico, no el hipócrita ni el frugal, ese que me ha hecho sentir la calidez de tu solidaridad irrestricta en mis mejores y peores momentos.
Ya te he dicho que hubiera querido que fueras mi madre, aunque de una forma –como el resto de las mujeres de la familia- lo has sido, cada una con su particular aroma a especies. Tú hueles a vainilla, la más dulce de todas. Y creo que hoy entiendo que ha sido el mayor privilegio tenerlo todo contigo. La madre, la tía, la pana, la cómplice… y hoy, la del cumpleaños.
¿Te he dicho ya que te quiero?
PD: A los lectores que quieran felicitarla en sus comentarios, los que la queremos –una vez que la conoces no puedes hacer otra cosa- la llamamos Vicky.
