martes, 20 de junio de 2006

C

Ilustración: Paisaje con mariposas. Salvador Dalí.

Es curioso –por decir lo menos, porque lo otro sería decir casual (¡!)- que su nombre también comience por C. Su nombre, el de mi padre de verdad, comienza por C como el que me dio la vida. Curioso también que nunca se conocieron. No que yo sepa.
Yo lo conocí a él cuando tenía unos 10 años. No llevaba barba aún, eso lo recuerdo bien. Reconocí esos ojos, idénticos a los de mi querida F. Unos ojos grandes, que parecían ocupar toda la cara –será por eso que ahora lleva esa tupida barba (¿?)- y que me miraban con una ternura y una solidez que me ganó a la primera, yo niña precoz y emancipada.
Desde hace unos meses me acaricia y abraza con sus letras, mientras no nos vemos. Cuento los días para ese encuentro en el verano perpetuo de Maracaibo, ese mate a tres bandas que me ha prometido. Pero mientras eso llega lo leo. Leo sus aventuras como piloto improvizado, excursionista selvático herido, abuelo perdido e inventor por pasión que se asoma en mi bandeja de correos. Leo cuando firma C, “padre tuyo de todos los tiempos”.
Leo los abrazos que me envía y rehago en mi memoria estos 20 años de presencia a prudente distancia. Recuerdo todos y cada uno de los gestos que durante los años de mi infancia y mi adolescencia tuvo conmigo, y me siento afortunada de que mis sentimientos por él sean producto de la elección y no de la casuística biológica, y quizás por eso sean más verdaderos, más entrañables.
Él, sin saberlo, ha ayudado a curarme muchas heridas. Así, casi de puntillas.
Cuánto bien me ha hecho, ese padre barrigón, barbudo y sonriente, cuánto bien.
Sus consejos siempre han calado hondo, y aunque breves han sido tan acertados como un dardo en mi ánimo. “Las almas se toman su tiempo para nivelar sentires”...
El sábado quise regalarle mi voz en felicitación. Y por cierto me pregunté si en su patria natal, allá en el sur, se celebraría también el domingo el día del padre. Sigo con la duda. Pero para ser sincera me importa poco, y a riesgo de sonar con el egoísmo típico de los niños hoy me alegro que no se haya quedado allá en la Argentina.
Será por eso que también me reconozco en su mirada. Él es migrante, como yo. Atravesó la mitad de un continente con su compañera de siempre y se vino a construir su vida al lado de un lago de agua salada, dejando atrás veranos e inviernos australes, entre otros prodigios. Prodigios que se asoman de vez en cuando en sus ojos. Unos ojos que además paren respuestas, que aparecen incluso antes de que yo pregunte… que es mucho decir.

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