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martes, 30 de septiembre de 2008

Punción

Ilustración: Torso. Auguste Rodin.

Es una punción aguda. Comienza en el centro de mi nalga derecha y se va extendiendo, directa e implacable por tono el interior de la pierna, hasta el pie. Una aguja de un metro dentro de mi cuerpo.
En una escala de 1 a 10 el dolor llega a 9 en un punto entre el muslo y la rodilla. Para luego atenuarse a 7, más o menos. Debo esperar para poder andar, y cada nuevo paso repite el dolor, a escala menor hasta que parece que el calor del movimiento de la pierna hace que la aguja se desintegre. Y al cabo de unos pasos ya no duele. Esto sucede al ponerme de pie, y un tanto similar al sentarme. Parece que debiera seguir andando, seguir de pie, indetenidamente…
Hace poco, en uno de mis característicos juegos de preguntas y respuestas, mi amigo L lanzó en media cena y con unos cuantos cubatas encima la cuestión de qué era la vida, para cada uno de nosotros, y el truco era responderlo al unísono. Él dijo diversión. Yo esfuerzo. Seguir andando, seguir de pie, indetenidamente…

***

Lo más curioso es que para aliviar el dolor, la prescripción médica es una aguja. Un pinchazo una vez al día justo en la nalga derecha. Una pequeña punción.

viernes, 18 de julio de 2008

Distracción

Ilustración: Furtiva lágrima 2. Nicoletta Tomas.

Lo siento, he estado distraída. Primero me distrajo la felicidad, entre otras razones. Más tarde, varios meses más tarde, me distrajo el dolor.
De nuevo la ausencia, de nuevo la muerte, de nuevo el dolor.
Pero esta vez no escribo para exorcizarlos. Estas letras son de reconciliación. Me reconcilio con mis conjuros, con la red, y con algún curioso despistado que pase por aquí.
Esa felicidad distraída me enseñó mucho. Y me recordó más. Así que tengo varias palabras preparadas para bailar después de tantos ensayos. Bailes eufóricos, bailes sinuosos, algunos que hasta chapotean agua, otros que encienden. Bailes.
Hoy es un buen día para volver. La sonrisa ya no me cuesta, la levedad no me es insoportable. Hoy no hay vértigo.
Hoy estoy aquí. Soy aquí.
Sólo estaba distraída.

lunes, 5 de marzo de 2007

Eclipse

Ilustración: Luna en eclipse vista desde Roma. AFP.

En astrología, relacionan la luna a la madre.

A mi me cuesta escribir desde la felicidad. Lo advertía al principio de estas letras, de allí los silencios. Pero apenas asoma el dolor, las palabras impresas brotan tan ágiles como urgentes.
Entre los huesos de su pierna izquierda ya no hay cartílago. Solo hueso contra hueso. Sólo dolor. Intenso, inevitable. Dolor.
Por eso ya la rodilla no puede. De allí que la fuerza la aguante el pie. Pero éste tampoco puede ya, aunque haya que seguir. Osteoartrosis galopante. Dolor.
Mientras la enfermedad avanza cada vez más vertiginosa, ella ralentiza su paso.
El bastón da paso a una muleta. La alegría da paso a la impotencia. Y aquí en Madrid, no hay enhorabuenas, ni felicitaciones ni ascensos que paguen el dolor que siente mi madre a cada paso. A cada paso.
Mi madre a sus 31 años tomaba leche en polvo completa con el café que tomaba en las mañanas antes de ir a la fábrica donde trabajaba como secretaria, en esa ciudad a 900 km de distancia de su Maracaibo familiar donde decidió ir a buscarse la vida.
Yo, a mis 31 años, tomo leche semidesnatada con calcio mientras desayuno frente a mi ordenador a 6.000 km de mi Maracaibo natal, en esta ciudad donde vine a estudiar y decidí quedarme a buscarme la vida… y donde la encontré.
En esta ciudad donde esta misma noche he visto un eclipse. La luna desapareció por un rato. Y volvió a salir.

jueves, 25 de mayo de 2006

En una esquina

Ilustración: A todas las niñas valientes que salen a buscar lo que quieren. Nicoletta Tomas.

Harías 51. 51 años, hoy.
¿Cómo lo celebrarías? Otras de las innumerables preguntas que siempre me inspiras al pensar en ti. Me es inevitable, ya ves, desde niña, aunque no recuerdo a ciencia cierta cuando me hice la primera.
Muy probablemente yo ni siquiera podría felicitarte, no sabría donde hacerlo. Y con mi conocida y brutal franqueza debo decir que preferiría no hacer algo tan sin sentido.
Seguramente por eso hoy me acuerdo de ti. Como siempre, me acuerdo de ti.
Galeano comienza su Libro de los Abrazos apuntando que recordar viene del latin recordis, volver a pasar por el corazón. Tus pasos físicos por mi corazón fueron muy breves, pero el etéreo perdura, y ha sido de una contundencia, que si no fuera porque he dejado de creer en muchos absolutos para ser más honesta, le pondría ese adjetivo.
Hay gratitud, sin soberbias, de verdad, mucha gratitud, después de tantos años, kilómetros, preguntas y sueños. Pero sigo sin cerrar mi gestalt, y aún no quedamos tablas, aún no.
Fui una niña precoz, menos para el romance, siempre fui una niña precoz. Con mis coletas rizas, mi sonrisa amplia, y esa mirada impertinente que casi siempre me delata. La sensatez, la responsabilidad y el nintai –que es como le llaman los japoneses al domino sobre sí mismo- llegaron pronto a mi vida, de manera que ante las amenazas de esa niñez precoz mi ingenio saltó como mi mejor defensa, para no necesitarte.
¿Tú me necesitaste? Allí van de nuevo, las preguntes, ya ves. Pero sólo para ésta si tuve respuesta, me la diste en ese último mensaje que dejaste en mi teléfono, dos años después de nuestra despedida. La última vez que escuché tu voz. Sí, me necesitaste. Pero no pude ayudarte, no estuve allí, de manera que nuestra historia siguió marcada por las ausencias.
Hoy tu ausencia es más obvia, porque tu cuerpo ya no está, ni siquiera a 6.000 km de distancia. No puedo volver a buscar en tu mirada, ahora que ya sé leerlas mejor que cuando tenía 18 años, mis respuestas.
Releo estas letras y parecen cargadas de tristeza y dolor, y lo único que lamento es que puedan generar una compasión inmerecida.
Corrijo, no es lo único. También lamento que este post no tenga final con moraleja, ni siquiera rebuscada al más puro estilo hollywoodense, y se nota una vez más mi rebeldía antiimperialista.
Me gustan los cumpleaños. Es importante para mi celebrarlos. Y hoy sería el tuyo. ¿Y si fuera el primero...? Ya sé que las niñas no deberían salir solas, pero mi adultez –precoz- puede acompañarme.
Tú siempre supiste donde encontrarme, y apenas ahora es que yo quizás pueda hacerlo contigo… así que ya sabes, podemos quedar allí en una esquina... en una esquina de mis sueños.