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jueves, 21 de agosto de 2008

Cierro los ojos

Ilustración: Ídolo eterno. Auguste Rodin.

Sólo le escucho. Un timbre arisco y cortante, que consciente o inconscientemente se arrastra, hasta hacerse rasgado y obtuso a ratos. Aunque, en medio de la conversación –y de algún otro silencio- se delata, y entonces la calidez prima. Esa calidez se ha vuelto, para entonces, una niebla densa y confortable, que se me antoja muy parecida a la ingravidez del agua.
Él irrumpe en el silencio de ojos abiertos de mi noche. Entonces, yo cierro mis ojos y así, ingrávida me dispongo a la conversación, al debate dialéctico, a la confidencia sin preámbulos y extrasecaporfavor o al juego erótico, según nos lleve el ánimo, las palabras o los silencios, lo que nos arrebate primero.
La sensualidad suele ganarnos la partida. Se apodera de la madrugada y se instala con un ir y venir de tentaciones. Qué más da quien comienza si ambos culminamos en la piel del otro.
Y una vez más, meridianamente, el deseo entra por el oído derecho, hace una trenza que sale de mis labios, se enreda entonces entre mis cabellos y el cuello para salir de nuevo encendiendo mi pezón izquierdo. Su boca, al auxilio, busca apagar incendios. Un incendio en cuatro metros cuadrados de piel.
La mía, mi boca, se solidariza con la suya. Y así, en un diálogo cómplice y sin tregua, conversan animadamente.
Yo, para escuchar mejor, cierro los ojos.

viernes, 2 de junio de 2006

Implacable

Ilustración: Eva. Maria Clara Rossi.

Hay caminos que se rehacen, varios meses o años después. La metáfora de la espiral aplica fenomenal para los que siempre aprendemos. Las experiencias se viven, a veces repe, pero en cada oportunidad de encuentro –o desencuentro- el área que sigue el trazo es mayor, de manera que las circunstancias –tiempo en carne viva- se experimentan con más recursos personales de los que se contaba la primera vez que se dibujó. Así se puede prescindir de sobrestmaciones y subestimaciones.
Mientras me comienzo a despedir de esta primavera recuerdo el encuentro adulto con la ternura. Subrayo, recuerdo (volver a pasar…)

***

Siempre había creído que la ternura era una condición demasiado dulce, más que dulce, empalagosa, pegajosa, y que como el color rosado y los claveles, estaba en ese espacio de las cosas que prefería ver a prudente distancia.
Pero la ternura, esa implacable, esa vez no sólo llegó de puntillas en mi vida. Tomó por asalto mi piel esa noche, en la víspera de mi cumpleaños, y se metió desde entonces a tientas en mis sueños…
Llegó primero como halada de la calidez de su trato, el de él. Se fue colando aún mas allá mientras más se encendía su mirada. Terminó de atravesar el umbral de lo posible con la delicadeza de su tacto, el entusiasmo de sus labios, su dedicación…
Y entonces caló. Caló como esas certidumbres que inexplicablemente convencen sin necesidad de decir una palabra a su favor...

***
En mi precocidad afirmaba que la ternura reñía con la fortaleza. Un día de invierno, caminando por Londres ví unos zapatos de color rosa viejo en una vitrina. Hoy los llevo puestos, y aunque no sea ésta la causa -más bien una evidencia- mi trazo en la espiral es menos torpe, cada vez.

Diálogos de trashumantes

Trashumar, dicho de una persona, significa cambiar periódicamente de lugar.
En casos menos humanos hace referencia a pasar
desde las dehesas de invierno a las de verano, y viceversa.

Esa noche hablaron de trashumante a trashumante.
El cambia de mirada y de piel para no quedarse atrapado en el lugar equivocado, sin saberlo…
Ella cambia de país para que no la atrape el tedio ni le alcancen las convenciones, la Normalidad, esa con mayúscula que amenaza con dormirla entre paradigmas y lugares comunes.

Diálogo primero
- Él: ¿Cómo has llegado hasta aquí?
- Ella: Soy mis sueños andando…

Diálogo segundo
Sobrevino el silencio después del primer acto…
- Él: ¿Qué piensas?
- Ella: En la generosidad de las circunstancias. Qué iba a imaginar que recibiría mi cumpleaños reconociéndome en tu piel…
- Él: Por cierto, creo que ya es hora. Felicidades…


Diálogo tercero
Su lenguaje corporal contradecía exquisitamente a su lenguaje oral –cunilingus aparte-. El seguía con caricias absolutas la onda de su cabello, el de ella...
- Él: Soy muy mal amigo, soy egoísta y nunca me he enamorado.
- Ella: Qué mal te vendes…
- Él: Creo que la única vez que me he emocionado fue al ver la escena de mi madre al pie del lecho de muerte de mi padre, mientras se miraban entrañablemente, 60 años después, aún queriéndose y sabiendo además que quizás sería la última vez que se verían…

- (Era realmente absurdo decir algo que no sobrara... por eso ella no dijo nada)

Diálogo cuarto
- Él: ¿Qué esperas?
- Ella: No espero, en general. Después de estos años de tanta cuesta arriba quiero dejar que la vida me sorprenda…

Me atrevería a afirmar que, sin que se dieran cuenta, esa anoche la vida los sorprendió a ambos. Permanecieron, sigilosos y como sostenidos por invisibles mendrugos de impresiones. Permanecieron.
Dicen que en esos momentos, somos realmente vulnerables y sinceros. El lenguaje corporal no puede mentir, y eso no significa sólo que un hombre no pueda fingir una erección, ni una mujer evitar una lubricación. Despojados de todo vestido, del cuerpo y la personalidad, de todo, no hay nada que quede oculto entre una piel y la otra. Si sobre algo hay duda, es por que realmente no se ha querido saber.
Ese día trashumaron, del invierno de la solitude al verano de la Compañía, esa con mayúscula, que los previene del hallazgo de un lugar en común.

lunes, 29 de mayo de 2006

Bio-ritmo

Ilustración: A Couple with Their Heads Full of Clouds 1936 2. Salvador Dalí.

Es una cuestión de tiempos vitales. Yo tiro más al aire, él a la tierra -¿o viceversa?-. Y aunque parezca también una cuestión de elementos, esta tendencia igual la marca el tiempo.
¿Es menos legítimo el rasante vuelo de una gaviota al lado del sigiloso y cauto paso de un felino? ¿Es acaso más válida la pausada cadencia en el andar de los rumiantes comparada con los ligeros y sofisticados pasos equinos?
Ni mucho menos. Ni mucho más. Igual todos avanzan y se suman –no se restan-, y la perspectiva del camino de uno nunca será exactamente igual a la del otro, y quizás por eso el sortilegio de las diferencias, y desde luego de los ritmos.
Absurdo o rebuscado quizás buscar en el reino animal eufemismos que expliquen esta asincronía.
Pero es eso, es cuestión de ritmos. Un ritmo que lamentablemente y por esta vez no marca la cadencia de mis caderas, en vertical y en horizontal –sin ingenuidades a estas alturas, que la honestidad no desarma lo sublime-, sino el deseo libre de unas manos que en esta partida son las siguientes en mover.
Unas manos, las suyas. Resumen de ingenio y sensibilidad, que por confesión propia siempre tratan de hacer poesía. Y lo logran. Si algo quisiera confiar en ellas es la esperanza de que se hagan eco de su mente, si… y de su alma… y de su piel.
Acaso puede alguien negar que ambas mentes, ambas pieles, ambos ritmos hayan comenzado a componer la melodía y la armonía de alguna pieza excepcional a cuatro manos…

jueves, 25 de mayo de 2006

Luz

Ilustración: Amantes 120. Nicoletta Tomas.

Sonríe. No se ha despertado bien y ya sonríe. Con el cansancio que le pesa en los párpados y sus encantadoras ojeras hoy más pronunciadas, me sonríe. Y se acerca más, como si eso fuera posible, y acomoda su cabeza justo en mi pecho.
Ellos, mis pechos, hoy no amanecen huérfanos de sus besos, y sienten su aliento denso, pausado, profundo, tan profundo como la mirada en la que horas antes me perdía, y soñaba.
El mismo aliento que dejaba colgado un deseo en mi oreja, se resbalaba justo por mi oído y de allí, no sé cómo descendía hasta mi ombligo donde de nuevo lo recogía su boca.
Una boca que horas antes pedía en la penumbra algo de luz y con su mano la dejaba colar por la ventana, “… sabiendo que los volúmenes y los espacios sólo se hacen evidentes cuando la luz los atraviesa o los golpea…” (Le Corbusier. 1923).
Ahora, a la luz del día, veo que aún a medio camino entre el sueño y la duermevela, me sonríe.

lunes, 8 de mayo de 2006

Entre espacios y palabras

Él piensa en espacios, yo pienso en palabras. Él prefiere la vista, el tacto, yo el oído, el olfato. Ambos, eso sí, nos entregamos en el gusto por el gusto, sobre todo en los labios.
El me busca entre oquedades y volúmenes, yo lo busco entre susurros y silencios. El espacio de su ausencia me perturba, el silencio de mis conjuros lo tienta.
Una arteria rousseauniana –la mía- se resiente, y una vena kantiana -la suya- cede, y entre palpitaciones de sangre –sangre que vuelve al corazón y luego lo deja- nos encontramos, con la buena nueva de su presencia y el bálsamo de mi voz.
Una mirada. Dos. Un susurro. Dos. Tres. Sus manos. Las mías. Cuatro. Y seguimos contando lados de una geometría cóncava a ratos, convexa otros. Y entre formas, que en su perfección siguen exponencialmente al infinito, él descubre espacios y yo recreo palabras… que suenan más entre dos.

Ilustración: Amantes 32. Nicoletta Tomas.

miércoles, 26 de abril de 2006

Como el agua

Ilustración: (Buscando el título). Nicoletta Tomas.

Suelo preciarme de la memoria –la buena memoria- como un legado de los dioses. Hay estaciones más memorables que otras, y la primavera merece mención especial aunque no por florecerme el alma. No obstante ésta parece hacer un hito en evocaciones de futuros urgentes. Esta tarde, a 28 grados, una gota de sudor, casi imperceptible, corre por mi frente y me asalta con una certidumbre que no termino de calificar… A veces la memoria tiene el color del agua…

***
Hoy amaneció nevando en Madrid. Cuando era niña –y un poco más grande también- soñaba con ver nevar. Ahora, son cinco los inviernos que llevo viéndolo y me sigue provocando esa sensación de ser y de estar con todos los sentidos.
Pero hoy amanecí con la melancolía en el cuerpo. De puertas adentro, eso sí. Quizás por eso en mi ordenador dejo rodar Antony and the Johnsons una y otra vez.
Le recordé. Y hasta diría que le extrañé. Extrañé volver a sentirme en su piel…
Creo que escondido en una esquina del armario de mis emociones, allí detrás del abrigo azul que me pongo en los momentos especiales, estaba mi deseo recordando su olor, su tacto, sus labios… Aunque yo esté aquí, fuera, a plena luz del día, con los ojos bien secos, mi sonrisa de los jueves y mi me melena de rizos para los días de lluvia.
Me siento como la nieve que cae hoy. Cae mucha, pero no termina de cuajar ni en las aceras, ni en los árboles, ni en los techos. Se funde y se vuelve agua, y parece que hubiese llovido por toda la ciudad. Hoy me llueve por dentro el anhelo…
Tras leer a Isabel me dirijo a la oficina. Camino entre charcos, y entre uno y otro veo reflejados unos ojos almendrados y la paradoja de una sonrisa –suerte de perversión y dulzura a la vez- que encontré a principios de un otoño. Reinvento conversaciones y sonrisas en el remanso de mi cama, esa camaradería espontánea, esa complicidad tan perfectamente improvisada y ese inventario de coincidencias que nos sorprendió más de una vez pero que olvidamos al instante.
Le recordé… sobre todo mientras veía nevar…
PD : Me pregunto de qué color es su memoria. Quizás blanco tirando a agua…

Madrid, febrero de 200?. (¿He dicho que nevaba?)”.

***
Lo dicho, a veces la memoria es como el agua… Y hoy, en plena primavera y con mi melena de rizos aunque no llueva, me alegro de ello.

domingo, 23 de abril de 2006

Câlin

(Ilustración: Génesis. María Clara Rossi)

Câlin se le llama en francés a la caricia, al mimo ese que hace estremecer, el cuerpo o el ánimo, o los dos, no siempre se puede diferenciar entre ambos...
Una caricia no siempre es gratis -se corre el riesgo de encontrar mercenarios de los afectos por la vida-, pero cuando lo es, incondicional, vale el doble, y se cotiza al alza.
Cuando no hay deudas les câlins saben a duraznos, o a chocolate, o a helado de vainilla...
Cuando no hay expectativas, les câlins se sienten como un estremecimiento en la nuca, como la melodía de un fado entrañable, como la tibieza de una cama.
Cuando entre dos no hay nada más que câlins se cree en la humildad de los prodigios, en que ser generoso sale barato y no tiene porqué doler, y como si no bastara, se recuerda que la vida es demasiado corta para ser mezquino con uno mismo, y con los demás. Y viceversa...
El breve e implacable gesto de unos dedos que sutilmente rozan el cabello, la caricia en la espalda, el roce de la mano en el hombro, el toque de tu palma en mi rostro...
El desarme pacífico y sin oportunidad de contrataque.
Câlins... sencillos sortilegios que no retiene la memoria... o sí.

miércoles, 19 de abril de 2006

Descubrir, explorar

Ilustración: La miel es más dulce que la sangre. Salvador Dalí.

Define el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua al verbo DESCUBRIR como “hallar lo que estaba ignorado o escondido”. Contempla en otra acepción “alcanzar a ver”. Y una más donde menciona que es “venir en conocimiento de algo que se ignoraba”.
Por otra parte, aunque con similitudes obvias, define al verbo EXPLORAR como “reconocer, registrar, inquirir o averiguar con diligencia una cosa o un lugar”.
DESCUBRIR un cuerpo es un privilegio, cuánto más si nos maravillamos de sus imperfecciones -siempre perfectas- y sus riquezas -casi nunca escasas- para recompensar nuestros esfuerzos de pioneros, en ese lugar donde somos y nos reconocemos.
EXPLORAR una existencia es un sortilegio, con el que conjuramos la búsqueda o el encuentro -según sea el caso, la apetencia o la admisión pública- con el otro… y con uno mismo.