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jueves, 21 de agosto de 2008

80 años

Ilustración: Mi abuela. Yo.

La que huele a canela cumplió ayer 80 años. Ella creía que llegaría a 75 ó 76 pero ha llegado, contra su propio pronóstico, a 80 años. Le canté las mañanitas.
Lleva una cicatriz en la rodilla izquierda de una operacion de prótesis de hace un par de años, que orgullosamente enseña cada vez que tiene oportunidad como si de una herida de guerra se tratara.
De guerra, su guerra particular por ser fuerte y entera desde que a los 12 años se convirtió precoz en la madre de sus hermanos cuando la suya se despidió prematuramente.
Decidió que no tenía más opción que ser fuerte, y así nos lo enseñó a su descendencia. Y así lo aprendimos.
Mientras hablaba con ella, y tal como otras veces intentaba acariciarla con mi voz de este lado del teléfono me dijo que lo mejor de cumplir 80 años era que aún podía hacerse su comida y lavar su ropa. Me la imaginé diciéndomelo con su sonrisa accidentada y sus ojos hundidos llenos de miel.
Lo decía orgullosa.

domingo, 28 de octubre de 2007

Fe

Ilustración: Dos Soles. NASA.

He vuelto a rezar. Desde que me enteré que mi querido C tiene una tormenta dentro del cuerpo he vuelto a rezar.
Mi vida ha estado plagada de milagros cotidianos, unos más grandes que otros. Estoy convencida que la vida es generosa en estos sortilegios.
Si ya viví el milagro de conocer a su hija F, a él, a su familia, quererlos y sentirme querida por ellos, ¿cómo no creer en el milagro de que la serenidad vuelva a sus venas y arterias?
He rezado por esa serenidad, para C, y por la fuerza, sobre todo para mi amada F.
“Fuerza, fuerza, fuerza”. Nunca olvidaré el tono y la mirada con la que F me dijo esas tres palabras en el aeropuerto hace más de seis años cuando me iba de Maracaibo y de la seguridad de todo lo conocido hasta ese momento. La oportunidad y el valor de esas palabras han estado latentes siempre varios años después. Hoy, con todo el sentimiento enriquecido estos años de ausencia se las repito, esta vez yo a ella, y las envuelvo en un abrazo trasatlántico que le haga sentir eso, más fuerza… y más fe.

Un año y medio

Ilustración: Parque del Retiro. Yo.

Medio año de ausencia. Medio año de serenidad. Medio año de cambios. Medio año.
En una tarde estival, sentada en un banco del Green Park de Londres creo que una vez más me cambió la vida. Miraba entrañablemente la mirada desnuda y amada de mi amigo E y sin darme cuenta sus decisiones se unieron con otras palabras, las de T que me llegaban a través del móvil. Y convergieron, si, como se unen dos ríos en un delta antes de desembocar finalmente en el mar. Cada uno con su caudal, cada uno son su furia o su serenidad particular. Y en el mar, mi vida de nuevo ha dado un golpe de timón, y ahora navego hacia otras aguas. Y me gusta la brisa que acaricia mi rostro y el sol, que todos los días me calienta el cuerpo, me calienta el alma. Sol, mi sol.
Los veranos no me gustaban, pero éste ha sido bueno. Realmente bueno. Imprevisto, si. Extraño, sí, como yo. Bueno.
Este otoño, como los otros, es mejor, pues como he escrito antes, en otoño siempre tengo sueños nuevos. Y además, los inspiro, casi tanto como la luna inspira los aullidos de hombres lobos que habitan las noches de frío y niebla, que en otoños como éste son cada vez más frecuentes.
Por eso mis palabras vuelven, para que de la misma manera que los aullidos arañan la noche, mis palabras rasguen cualquier ausencia. En principio, la mía.

martes, 20 de junio de 2006

C

Ilustración: Paisaje con mariposas. Salvador Dalí.

Es curioso –por decir lo menos, porque lo otro sería decir casual (¡!)- que su nombre también comience por C. Su nombre, el de mi padre de verdad, comienza por C como el que me dio la vida. Curioso también que nunca se conocieron. No que yo sepa.
Yo lo conocí a él cuando tenía unos 10 años. No llevaba barba aún, eso lo recuerdo bien. Reconocí esos ojos, idénticos a los de mi querida F. Unos ojos grandes, que parecían ocupar toda la cara –será por eso que ahora lleva esa tupida barba (¿?)- y que me miraban con una ternura y una solidez que me ganó a la primera, yo niña precoz y emancipada.
Desde hace unos meses me acaricia y abraza con sus letras, mientras no nos vemos. Cuento los días para ese encuentro en el verano perpetuo de Maracaibo, ese mate a tres bandas que me ha prometido. Pero mientras eso llega lo leo. Leo sus aventuras como piloto improvizado, excursionista selvático herido, abuelo perdido e inventor por pasión que se asoma en mi bandeja de correos. Leo cuando firma C, “padre tuyo de todos los tiempos”.
Leo los abrazos que me envía y rehago en mi memoria estos 20 años de presencia a prudente distancia. Recuerdo todos y cada uno de los gestos que durante los años de mi infancia y mi adolescencia tuvo conmigo, y me siento afortunada de que mis sentimientos por él sean producto de la elección y no de la casuística biológica, y quizás por eso sean más verdaderos, más entrañables.
Él, sin saberlo, ha ayudado a curarme muchas heridas. Así, casi de puntillas.
Cuánto bien me ha hecho, ese padre barrigón, barbudo y sonriente, cuánto bien.
Sus consejos siempre han calado hondo, y aunque breves han sido tan acertados como un dardo en mi ánimo. “Las almas se toman su tiempo para nivelar sentires”...
El sábado quise regalarle mi voz en felicitación. Y por cierto me pregunté si en su patria natal, allá en el sur, se celebraría también el domingo el día del padre. Sigo con la duda. Pero para ser sincera me importa poco, y a riesgo de sonar con el egoísmo típico de los niños hoy me alegro que no se haya quedado allá en la Argentina.
Será por eso que también me reconozco en su mirada. Él es migrante, como yo. Atravesó la mitad de un continente con su compañera de siempre y se vino a construir su vida al lado de un lago de agua salada, dejando atrás veranos e inviernos australes, entre otros prodigios. Prodigios que se asoman de vez en cuando en sus ojos. Unos ojos que además paren respuestas, que aparecen incluso antes de que yo pregunte… que es mucho decir.

martes, 16 de mayo de 2006

Anuncio en sueños

Ilustración: Maternidad. 1924. Joan Miró.

Te delataron mis sueños. Será por eso que me lo dijiste tú antes que nadie, sin necesidad de cables ni wi-fi, a través de mis sueños, en una suerte de anunciación virginal –sin virgen a estas alturas del partido, todo hay que decirlo- postmodernista tirando a sociedad de la información.
Detrás de esa mirada azul en la que siempre busco perderme, y desde luego encontrarme, reencontrarme y una vez más reconocerme, pude ver unos ojitos nuevos, pequeñitos, curiosos, que en unos meses verán el mundo, nuestro mundo, ese que compartimos desde hace más de 20 años.
Descubrirán poco a poco la vida, nuestras vidas, esa que me regaló el sortilegio de conocerte, y una vez puesta quererte, amarte tan profundamente como tu mirada azul.
La mía, mi mirada, anoche lloraba, lloraba porque la dicha no me cabe en el cuerpo y como me suele suceder con las emociones trasatlánticas, me desborda y un aguacero me inunda los ojos, que hoy más nunca quisieran mirarte, y abrazarte, cobijarte y compartir esa indescriptible gracia de tu inminente maternidad.
Eres mi mejor amiga, eso ya lo sabes, y nunca, a pesar de los desencuentros, las distancias y los silencios he podido quitarte el cartelito. Cómo hacerlo cuando mi memoria rehace una y otra vez nuestras confidencias interminables, las risas absolutas, las lágrimas temporales y definitivas, pero sobre todo esa sensación de seguro refugio que siempre me has inspirado. Yo con mis chistes malos, mis anécdotas imposibles, mis disertaciones infumables y mi melena de rizos estoy segura que siempre he alegrado tu imperturbable serenidad, te ha delatado la sonrisa de tus ojos.
Has tenido la generosidad de regalarme un padre, una madre, y ahora un(@) hermos@ sobrin@ que se reirá con la mirada –como tú- y con aspaviento –como A- cuando también yo lo duerma recitándole historias increíbles de uno y otro lado del Atlántico.
Puedo sentirte, querida F, sentirlos. Siento las dudas que te asaltan, ese limbo en la boca del estómago que percibes apenas te levantas y la ilusión de saber cómo será su rostro, sus manitos, sobre todo cuando vas a acostarte. Es la unica explicación que le encuentro para alguien que nunca ha pasado por eso. Y no puedo esperar tampoco a conocerl@, aunque quizás también en esto nos pueda la curiosidad. Por eso me iré a la cama pronto de ahora en adelante. Quizás también l@ conozca antes y nuestra primera cita no sea en Maracaibo… sino en mis sueños.

lunes, 8 de mayo de 2006

Entrañable y vainilla

Ilustración: Three ages of a woman. Gustav Klimt.

Tu presencia es la más entrañable que mis años -de niña y adulta, y de nuevo de niña- pueden recordar. Te recuerdo llevándome de la mano, mientras con la otra te llevaba tu novio, ese de la melena larga que años más tarde se convirtió en mi tío Chamo de siempre, el más inconvencional de todos. Contigo escuchaba Abba y los Bee Gees de allí que hubiera querido llevarte escondida en mi bolso aquel verano en Estocolmo. Me regalaste –bueno a toda la familia- dos cositas hermosas, una morena y el otro rubio, que hoy ya son más altos que yo. Y todo con la misma sonrisa, infinitamente entrañable, que recuerdo, 30 años después. Por eso creo que ella, tu sonrisa, delata la eterna nobleza de tu corazón, y es siempre joven, no puede ser de otra forma, se lo impide tu candor, ese candor auténtico, no el hipócrita ni el frugal, ese que me ha hecho sentir la calidez de tu solidaridad irrestricta en mis mejores y peores momentos.
Ya te he dicho que hubiera querido que fueras mi madre, aunque de una forma –como el resto de las mujeres de la familia- lo has sido, cada una con su particular aroma a especies. Tú hueles a vainilla, la más dulce de todas. Y creo que hoy entiendo que ha sido el mayor privilegio tenerlo todo contigo. La madre, la tía, la pana, la cómplice… y hoy, la del cumpleaños.
¿Te he dicho ya que te quiero?

PD: A los lectores que quieran felicitarla en sus comentarios, los que la queremos –una vez que la conoces no puedes hacer otra cosa- la llamamos Vicky.

lunes, 17 de abril de 2006

Olor a canela

Mi abuela siempre huele a canela. Desde pequeña tiene por hábito masticar clavos de olor después de comer. Con clavos de olor en su boca ha parido 10 hijos, criado 15, enterrado tres, cuidado de 7 nietos, ha visto nacer al primer bisnieto, construido una y otra vez su vida al lado de su único marido por 60 años y mantenido su jardín eterno desde que descubrió que entre sus plantas perpetúa ese milagro. Ella es el amor incondicional, a veces implacable, casi siempre entrañable, y por eso desde que tengo uso de razón éste tiene olor a ella. No me cabe duda. Si el alma desprende algún aroma, debe ser a canela…

Ilustración: Alegrame el día. Nicoletta Tomas.