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jueves, 21 de agosto de 2008

Silencio (II)

Ilustración: Te busco y no te encuentro VII. Javier Azurdia.

Creo que lo mejor que podía hacer era silencio. Con la confianza y la cercanía a él se le soltó la lengua, aunque el sueño debía ser entonces un requisito obligatorio. Pero se saltó la obligación y le pudo la comodidad. Se sentía cómodo. Se veía cómodo. Y yo hice silencio, para no molestar.
Trate de hacer silencio luego para el descanso, aunque ése lo logré menos.
Y luego, al día siguiente, seguí haciendo silencio para no trasgredir libertades ni independencias, propias y ajenas.
Lamento que mis silencios perturben. Sólo trato de estar, en ese aquí, en ese ahora, estar. Con mis cinco sentidos.

Silencio (I)

Ilustración: Mi última ternura Javier Azurdia.

Mis silencios suelen ser perturbadores, o al menos eso me han dicho, reiteradas veces. Y de verdad, no puedo evitarlo. No sé cómo, ni quiero saberlo, por ahora.
Tony de Mello escribió que el silencio es la ausencia del ego.
Ahora que trato de pensarlo, creo que cuando hago silencio es porque trato de callar mi ego y activar mis cinco sentidos en ese instante. En un aquí, en un ahora, únicos. Los cinco sentidos.
Al tratar de hacer memoria me viene una fecha muy concreta: madrugada del 15 de febrero de 2000. Mi tío Beo acababa de morir, luego que todas sus funciones vitales, de última la respiración, se apagaran gracias a ese tumor voraz que se lo estuvo llevando durante casi un año. Hechos los anuncios de rigor a la familia, en esos instantes de desconcierto en los que sabes muy poco qué hacer, mi madre se empeñó en evitar que le hiciera el rigor mortis con la boca abierta, así que me di a la tarea, con unos rudimentarios cordones de zapatos –lo primero que encontré a mano- de sujetar su mandíbula. “Para que no se la quiebren cuando lo preparen”, decía mi madre. Absurdo, pero en momentos como ese cuesta mucho no serlo.
La fórmula no funcionó, así que no encontré mejor remedio que sujetar con mis manos su rostro. Lo miraba, lo miraba muy atentamente, mientras mis manos iban sintiendo cómo el calor abandonaba para siempre su cuerpo, reducido a la mitad por el tumor. Y sentí cómo la muerte lo helaba a él y a mis manos.
Olía a medicamento, escuchaba a lo lejos los sollozos de mi familia y saboreaba la amargura de las pocas lágrimas que se me escaparon con la noticia. Yo hacía silencio. Con mis cinco sentidos experimenté ese instante alto y claro. El ego sobraba, en ese momento y en otros. Mis sentidos me lo decían muy elocuentes.

Cierro los ojos

Ilustración: Ídolo eterno. Auguste Rodin.

Sólo le escucho. Un timbre arisco y cortante, que consciente o inconscientemente se arrastra, hasta hacerse rasgado y obtuso a ratos. Aunque, en medio de la conversación –y de algún otro silencio- se delata, y entonces la calidez prima. Esa calidez se ha vuelto, para entonces, una niebla densa y confortable, que se me antoja muy parecida a la ingravidez del agua.
Él irrumpe en el silencio de ojos abiertos de mi noche. Entonces, yo cierro mis ojos y así, ingrávida me dispongo a la conversación, al debate dialéctico, a la confidencia sin preámbulos y extrasecaporfavor o al juego erótico, según nos lleve el ánimo, las palabras o los silencios, lo que nos arrebate primero.
La sensualidad suele ganarnos la partida. Se apodera de la madrugada y se instala con un ir y venir de tentaciones. Qué más da quien comienza si ambos culminamos en la piel del otro.
Y una vez más, meridianamente, el deseo entra por el oído derecho, hace una trenza que sale de mis labios, se enreda entonces entre mis cabellos y el cuello para salir de nuevo encendiendo mi pezón izquierdo. Su boca, al auxilio, busca apagar incendios. Un incendio en cuatro metros cuadrados de piel.
La mía, mi boca, se solidariza con la suya. Y así, en un diálogo cómplice y sin tregua, conversan animadamente.
Yo, para escuchar mejor, cierro los ojos.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Vacuidad

Ilustración: Restos de Mantua. Reuters.

Mi madre siempre ha dicho que para estar guindando es mejor caer. Siempre lo he creído. Pero hoy quería darme una licencia. Hoy no me apetecía.
Lo sé. Sé que no hay cosa más cierta que “de la nada vienen, y a la nada regresan”. Pero hoy lo que me provoca náuseas es la contundencia con que la sinceridad de sus gestos y palabras me hacen evidente la vacuidad de las personas en general, y de estos casos, en particular, por muy cortés que sea.
Náuseas. Vértigo.
A mí, que me consuelan tanto las preguntas hoy como otras veces quedan díscolas y absurdas. Ni siquiera merece la pena cuestionarse los criterios de la gente para valerse de atajos tan inhumanos en búsquedas que contradictoriamente suponen tanta humanidad. Y teniendo cinco, uno les es suficiente, y con ello se conforman. Hoy se me ocurre que el conformismo en estos casos en demasiado parecido a la mezquindad.
De allí que ahora me asome y lo que haya sea una gran nada. Nada que merezca la pena.
Y yo que quería volar. El caso es hoy no era un buen día para asomarme al vacío.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Robarse

un cuento en 125 palabras (2004)

Ilustración: El abrazo. Maria Clara Rossi.

Él desapareció de su vida posible una noche en aquella plaza del centro de Maracaibo, cuando no se atrevió, no se atrevieron, ninguno de los dos, a robarle el otro a la noche. Si en una trasgresión del tiempo, alguna vocecilla les hubiese pronosticado que luego él se quedaría esperándola en el aeropuerto mientras ella lo extrañaba al otro lado del mundo se hubiesen sonreído –seguro incrédulos- y habrían musitado un ojalá, por aquello de esperarse y extrañarse tanto. Pero esa noche se despidieron y pasarían cuatro años, dos hijos, una boda, un desamor y un gobierno por medio –de ida y vuelta- para que volvieran a encontrarse, y esta vez si robarse y quitarle a la noche el cuerpo y la compañía del otro.

jueves, 16 de noviembre de 2006

Silencio y violetas

Ilustración: Violetas. Romm.

Los trayectos en coche me hacen estar callada.
Creo que es porque la sensación de rodar y ver las cosas pasar a mi alrededor tiene sobre mi un efecto casi hipnótico. Supongo que esto pueda ser un inconveniente al conducir, pero mientras tanto me entretengo bastante como pasajera.
Por eso esa noche estaba callada, al menos más de lo normal. Era eso sumado a la música y a su presencia. La presencia –y digo más, la cercanía- de las personas me producen efectos muy diversos. Siempre he creído que defiendo mucho mi espacio vital, pero no puedo negar que hay cercanías que más que invadirme me hacen sentir muy a gusto. Y era el caso. Luego esas voces en francés, Aretha… era todo como muy cómodo para decir algo que sobrara.
Por primera vez me obsequiaron un aroma a violetas. Esa fragancia me hizo venir en descubrimiento de algo: creo que nunca había olido violetas. No era una fragancia que me fuera familiar ni que me trajera recuerdo alguno. Ni siquiera despertaba evocación asociada a alguna idea. Debe ser por eso que me cuesta asociarla a mi. Aunque creo que los olores, como el resto de las percepciones sensoriales, se graban con las circunstancias. Ahora cada vez que huela violetas recordaré una voz rasposa que cuando se lo permitía me arañaba la curiosidad, y unos ojos que parecen llevar consigo muchas penas inextintas y tristezas sobrevivientes. Una mirada triste a la que en la oscuridad y en el silencio le brilla la ternura.
Eso. Una mirada que huele a violetas.
Así lo recordaré.
¿Me recordará él a mí cuando huela a violetas? O cuando vaya en el coche –preferiblemente de pasajero- y de repente se encuentre haciendo silencio mientras mira las cosas al pasar?
Insisto. Las circunstancias graban ciertas percepciones sensoriales.
Y al releer mis preguntas una vez más me sorprende la manía de todos por quedarnos en el recuerdo de los demás. Nos gusta pasar de nuevo por su corazón. ¿Tendrá eso que ver con el deseo de tener hijos, plantar un árbol, escribir un libro…? El llamado instinto de permanencia…

jueves, 26 de octubre de 2006

Meridiano

Ilustración: Pisando energía en la oscuridad. Antonio Marín.

Parte del dedo gordo del pie izquierdo. Sube por la pierna, sigue ascendiendo por el costado hasta el pulmón siniestro, atraviesa el corazón hasta llegar al pulmón derecho para entonces culminar su recorrido por el brazo hasta el dedo gordo de nuestra diestra. Todo esto mientras aspiramos. Al exhalar desanda el camino hasta retornar a su punto de origen. En el Tai Chi te concentras en el meridiano para hacerte conciente de cómo la energía circula por tu cuerpo mientras respiras. Conciencia. Aquí. Ahora.
Hace un par de años escribí, en medio de un derrumbe emocional el recorrido de la soledad intempestiva por mi cuerpo. Y me pregunto si cada emoción hará un camino distinto por nuestra humanidad.
Por ejemplo, el camino de la ternura podría comenzar por el rostro y terminar en la mano izquierda. El de la tristeza nacería en la entraña, se encajaría un rato en el plexo solar hasta ascender torrencial por el cuello hasta salir por el ojo derecho.
Supongo que lo más complicado es determinar el de la pasión Quizás comience, en mi caso, por el verso de mi cuello, baje por el pezón izquierdo, discurra por la sinuosidad de mis caderas, atraviese el pubis y termine en un lugar indeterminado de la piel del otro.
En todos esos instantes parece que nos quedamos sin aliento.
Estadísticamente el asunto es que en esos momentos la conciencia del aquí y el ahora se ausenta si no nos damos cuenta a tiempo que muchas veces nos aferramos a pasados extintos o escuchamos los cantos de sirenas de futuros probables.
Una diferencia que se me antoja, por lo menos, meridiana.

viernes, 20 de octubre de 2006

Besos de mar


Ilustración: Tendresse III. María Amaral.
A Javier Mar
Me gustaba como besaba. Ahora que lo recuerdo me gustaba como me besaba. No por mérito de sus labios, ni por la habilidad de una lengua diestra –o siniestra-, ni por la dulzura de su gusto. Era por sus manos y cómo se enredaban en mi cabello, me mecían sutilmente y me tocaban el rostro como si fuera una quimera finalmente alcanzada.
Acercaba su cabeza a la mía inusitadamente, así como rompen las olas.
Luego, juntar nuestras bocas era lo más parecido a sumergir mi cabeza en el mar. Aguantaba la respiración, sentía la cálida presión de sus manos en mi cabeza, notaba un suave mecer, percibía el vaho atlántico de su cuerpo y me abandonaba a este deleite.
Aunque sus labios fueran fríos. Aunque en él todo deviniera intempestivamente en frío.

lunes, 18 de septiembre de 2006

Aromas

Ilustración: Todavía te busco y no te encuentro Detalle XX. Javier Azcurdia.

Una vez escuché en una película –cuyo nombre lamentablemente se escapa a mi memoria- que las mujeres somos como la fruta: hay que tocarlas para que exhalen sus mejores aromas.
Me gustaría saber de alquimia para entender mejor este fenómeno, porque doy fe, por experiencia propia y ajena, que la piel responde al tacto con mucho más que estremecimientos y vellos de punta.
Como le sucedió a la hermana pelirroja y revolucionaria de Tita, la protagonista de “Como agua para chocolate” (Gertrudis), que era capaz de evaporar el agua cuando ésta tocaba su piel, exuberante e implacablemente erótica. El vaho de esta evaporación llegó hasta los sentidos de aquél hombre que, con el mismo arrojo que luchaba su revolución, la llevo consigo sin pedir más permiso que el que le daba el aroma de su cuerpo implacable.
Ese olor ha debido ser feroz, voraz, como la pasión.
¿Cómo es el olor de la pasión?
Turbio? Ligero? Denso? Suave? Penetrante? Diluido? Cautivador? Piadoso? Embriagador? Liberador?...
Agridulce? Cítrico? Salado? Frutal? Floral? Dulce? Animal?
A vainilla? A azafrán? A pimienta? A canela?
Según Heródoto, la canela crecía en lugares inaccesibles y protegidos por seres alados más o menos fantásticos. En mi caso esos seres deben ser las palabras. Porque soy capaz de hacer lo mismo que hacia la hermana pelirroja y revolucionaria de Tita… en lugar del agua con las palabras.
Hay quien dice que el olfato nunca falla.

lunes, 7 de agosto de 2006

Cosquillas

Ilustración: Atomix. Nike Sawas.

Detalles que tienen las intrascendencias.
Siempre me han gustado las cosquillas. Hacerlas y que me las hagan. Disfruto escuchar las carcajadas de la victima cuando tomo por asalto su abdomen, su cuello, sus plantas de los pies con mis ágiles y certeros dedos, más si es de imprevisto. Sobre todo las carcajadas de los niños. Y ni se diga del sutil cosquilleo provocado en la espalda, cuello, rostro -por mencionar algunos- con matices más sensuales.
Cuando me las hacen a mi soy presa fácil. Recuerdo que a mi madre no le gusta que la toquen, y menos en los muslos porque le da cosquillas. Pues a mi me ocurre lo mismo pero no sólo en los muslos, que ya es bastante piel. Supongo que es una suerte de sensibilidad amplificada a ciertos estímulos.
Me gustan las cosquillas. Alguna vez leí que para mantener el rostro serio se utilizan más de 70 músculos, mientras que para reír unos 50 y pocos, por lo cual era mejor hacer lo segundo, aunque fuera por economía. Lo paradójico es que siempre he pensado que provocar o conceder una sonrisa –cuanto más una carcajada, o varias- es lo más generoso que se puede dar. Con ello nos curamos de mezquindades.
Cuando me dijiste ayer que con mis letras te había hecho cosquillas en el corazón, de un soplo, sin dejar rastro alguno, borraste el tedio de todo el domingo. Y sonreí.

lunes, 31 de julio de 2006

Salúdame al mar

Ilustración: Blue I 1958. Georgia O'Keeffe.

Salúdame al mar cuando llegues a él.
Inunda tus ojos de su inmensidad cuando lo divises de lejos, y más aún de cerca, para que se te quede en ellos y pueda verlo grabado en tu mirada cuando regreses.
Respira ambicioso la sal de su brisa, que se adhiera a tus pulmones y así tu aliento sabrá a mediterráneo.
Mécete con su bramido y arrúllate por las noches con su vaivén, y que sea él el que guarde tu sueño y te amanezca tarde, para que Morfeo haga de las suyas en tus recuerdos y tus futuros, y recrees anécdotas con ellos a tu vuelta.
Sumérgete en la maravilla de vivir en otro espacio y otro tiempo debajo de sus aguas. Así, suspendido en su ingravidez, sentirte único y en paz. Y que sólo te asalte la tentación de perderte entre cantos de sirenas y barcos con sus tesoros escondidos.
Saborea su sal, que se parece tanto al resabio de una piel que entre sudores es prodigio y deleite.
Y cuéntame, cuando estés de vuelta, si has descubierto un nuevo sortilegio entre sus olas, entre su arena, en fin, en el mar.

martes, 25 de julio de 2006

Migas de pan

Ilustración: Todavía te busco y no te encuentro (detalle X). Javier Azurdia.

Cuando comienzas a hacer un camino desconocido, lo más sensato sería dejar un rastro de migas de pan para poder volver. El rastro, desde luego, corre el riesgo de ser borrado por algún desconocido hambriento o audaz que devore esos mendrugos. Pero al menos siempre será una opción para poder volver a ti.
Sin embargo, no sólo para eso se dejan migas de pan. A veces se deja la estela a posta para ser seguidos, y que el camino se ande y se desande según el interés ajeno, y desde luego propio. Pero en esto también hay riesgo. Aunque tengas claro el destinatario nunca se sabe a ciencia cierta quién seguirá el rastro, y cuándo. Y así se presentan las sorpresas, los inesperados y los destinatarios a destiempo.
Uno llega a creer que lo peor es cuando no las siguen. Recogiéndolas o no, no las siguen hasta el destino. Uno siente que los sentidos, presas del vértigo, se desploman. Curioso. Pero eso puede ser lo mejor, y en cualquier caso sólo lo dice el tiempo. Por ello, la mayor amenaza es la impaciencia. Y aún más grave: la posibilidad de perderme a mi misma si me distraigo mientras voy dejando esas migas de pan.
Y no hallarme cuando quiera volver a mi.

lunes, 17 de julio de 2006

Tacto

Ilustración: Souvenir de peau. María Amaral.

De los cinco sentidos, el tacto parece ser el único que puede vivirse en otro cuerpo.
Eso me dijo él, de allí que con su característica capacidad de síntesis verbalizó -al fin- lo que cada quien ha vivido en su momento, a su ritmo.
Nadie puede mirar por ti más que tus ojos, nadie puede oír por ti más que tus oídos, nadie puede oler por ti más que tu nariz y nadie puede saborear por ti más que tu boca –ah! la boca – pero tú puedes tocar sin ser tocado… y viceversa. Y viceversa.
Hacer temblar y estremecerte, según sea un caso u otro. Y así, sentirte en otro cuerpo. Un sentido que se puede vivir en cuerpo ajeno, en el de otro.
Y es que hasta el nombre del sentido dice de él más de lo que pudiera pensarse –o más bien sentirse-. Tacto es español, pero mencionarlo en inglés, en francés, en portugués… supone ese toque irremediable entre la lengua y el paladar para su pronunciación. Tacto. Para nombrarlo hay que sentirlo.
A pesar de estas obvias ventajas del tacto, yo sigo prefiriendo el oído. Sigue siendo mi sortilegio favorito. Por eso no le hizo falta ponerme un solo dedo encima. La firmeza de su tono, la calidez de su timbre y la humanidad de sus palabras casi, de verdad que casi, me hicieron sentir que me tocaba.
Como cuando siento la caricia de mi abuela mientras le escucho darme la bendición desde el otro lado del océano.

lunes, 8 de mayo de 2006

Entre espacios y palabras

Él piensa en espacios, yo pienso en palabras. Él prefiere la vista, el tacto, yo el oído, el olfato. Ambos, eso sí, nos entregamos en el gusto por el gusto, sobre todo en los labios.
El me busca entre oquedades y volúmenes, yo lo busco entre susurros y silencios. El espacio de su ausencia me perturba, el silencio de mis conjuros lo tienta.
Una arteria rousseauniana –la mía- se resiente, y una vena kantiana -la suya- cede, y entre palpitaciones de sangre –sangre que vuelve al corazón y luego lo deja- nos encontramos, con la buena nueva de su presencia y el bálsamo de mi voz.
Una mirada. Dos. Un susurro. Dos. Tres. Sus manos. Las mías. Cuatro. Y seguimos contando lados de una geometría cóncava a ratos, convexa otros. Y entre formas, que en su perfección siguen exponencialmente al infinito, él descubre espacios y yo recreo palabras… que suenan más entre dos.

Ilustración: Amantes 32. Nicoletta Tomas.

domingo, 23 de abril de 2006

Câlin

(Ilustración: Génesis. María Clara Rossi)

Câlin se le llama en francés a la caricia, al mimo ese que hace estremecer, el cuerpo o el ánimo, o los dos, no siempre se puede diferenciar entre ambos...
Una caricia no siempre es gratis -se corre el riesgo de encontrar mercenarios de los afectos por la vida-, pero cuando lo es, incondicional, vale el doble, y se cotiza al alza.
Cuando no hay deudas les câlins saben a duraznos, o a chocolate, o a helado de vainilla...
Cuando no hay expectativas, les câlins se sienten como un estremecimiento en la nuca, como la melodía de un fado entrañable, como la tibieza de una cama.
Cuando entre dos no hay nada más que câlins se cree en la humildad de los prodigios, en que ser generoso sale barato y no tiene porqué doler, y como si no bastara, se recuerda que la vida es demasiado corta para ser mezquino con uno mismo, y con los demás. Y viceversa...
El breve e implacable gesto de unos dedos que sutilmente rozan el cabello, la caricia en la espalda, el roce de la mano en el hombro, el toque de tu palma en mi rostro...
El desarme pacífico y sin oportunidad de contrataque.
Câlins... sencillos sortilegios que no retiene la memoria... o sí.