miércoles 14 de octubre de 2009

Buena suerte

Un descubrimiento de hace un año que cada vez me gusta más.
El siguiente video es cortesía de HSM.

www.hsmglobal.com



martes 30 de septiembre de 2008

Percibir, optar, negociar

Ilustración: Lovers III. Desconocido.


Sé que las aseveraciones absolutas son chocantes. Las afirmaciones irreductibles a veces nos revisten de pedantería. Aún así, a riesgo de caer en ello se me antoja decir hoy que desde hace algunas semanas creo que todas las personas hacemos, básicamente, tres cosas en la vida: percibimos, optamos y negociamos.
En cualquiera de las tres, el otro –cualquier otra persona- es inevitable.
Percibimos a la gente que nos rodea, la que nos topamos, una o varias veces. Vecinos, compañeros de trabajo, amigos, familia, conocidos. Percibimos lo que sienten, lo que piensan, sobre nosotros, sobre si mismos. Si estamos muy atentos, hasta podemos percibir sus sensaciones, sus deseos. Y en función de ello y de nuestra elaboración optamos por comportarnos de una u otra forma. Somos cordiales, o no, les entendemos, o no, creamos vínculos con el otro, o no, los ignoramos, o no. En cualquier caso sea cual sea nuestra opción-comportamiento, eso genera respuestas en el otro. La respuesta puede ser favorable o desfavorable. Luego, negociamos.
Negociamos con nuestra pareja o amante cómo, cuando o dónde hacer el amor, o de que lado de la cama dormir –cuando se duerme-; negociamos con el amigo qué peli ver en el cine, negociamos con nuestros compañeros cómo nos distribuimos el trabajo, negociamos…
Cuando estudias sobre negociación, una de las primeras cosas que aprendes es que lo más importante de todo buen acuerdo es la pervivencia de las relaciones por encima del logro o la concesión. Ver en perspectiva. Y sobre todo, restarle dramatismo, pasárselo bien.
En una negociación, ver a la otra parte como un enemigo puntual al que hay que vencer, sin transigir, en lugar de un aliado permanente es una muestra de muy corta vista mental... y emocional. La vista corta no nos lleva muy lejos, y suele tener efectos severos para la rigidez de las cervicales.

***

Me agrada percibirte, opto por compartir, ¿negociamos?

Punción

Ilustración: Torso. Auguste Rodin.


Es una punción aguda. Comienza en el centro de mi nalga derecha y se va extendiendo, directa e implacable por tono el interior de la pierna, hasta el pie. Una aguja de un metro dentro de mi cuerpo.
En una escala de 1 a 10 el dolor llega a 9 en un punto entre el muslo y la rodilla. Para luego atenuarse a 7, más o menos. Debo esperar para poder andar, y cada nuevo paso repite el dolor, a escala menor hasta que parece que el calor del movimiento de la pierna hace que la aguja se desintegre. Y al cabo de unos pasos ya no duele. Esto sucede al ponerme de pie, y un tanto similar al sentarme. Parece que debiera seguir andando, seguir de pie, indetenidamente…
Hace poco, en uno de mis característicos juegos de preguntas y respuestas, mi amigo L lanzó en media cena y con unos cuantos cubatas encima la cuestión de qué era la vida, para cada uno de nosotros, y el truco era responderlo al unísono. Él dijo diversión. Yo esfuerzo. Seguir andando, seguir de pie, indetenidamente…

***

Lo más curioso es que para aliviar el dolor, la prescripción médica es una aguja. Un pinchazo una vez al día justo en la nalga derecha. Una pequeña punción.

Olvido

Ilustración: La vendedora de alcatraces. Diego Rivera.


Me duele la memoria de tanto tener que olvidar. No sé si a estas alturas se me hace más fácil o más difícil, lo que sí sé es que me agota, me deja con pocas fuerzas. La tristeza se me hace líquida y pesada, y aunque me abandone el cuerpo en forma de lágrimas y otras veces de letras para exorcizar, me queda por horas, por días, la sensación de caminar con un pesado traje que me hace arrastrar los pasos y la respiración. Y eso me hace dolerme.
Así que hago acopio de fuerzas y recurro a la poesía como asidero. Y recito como credos el Yo no sabía de Juan Gelman, la Culpa es de uno de Benedetti hasta que tras la resignación la sonrisa se va asomando con Y uno aprende de Borges
La poesía como analgésico.

Sliding doors

Ilustración: Carlos Cruz Diez.


Una vez vi esta película y me pareció de una clarividencia simple pero meridiana. Me hizo entender, como otras tantas vivencias, que aunque no queramos optar, cada acción y actitud nuestra es una elección, con consecuencias. Que incluso hasta no hacer nada, o hasta hacer silencio es una opción. Y cada opción deviene, tarde o temprano en una decisión, propia o ajena.
No vale arrepentirse, entonces, de lo pasado, sólo nos queda ser consecuentes con el presente. Siempre podremos, si nos damos cuenta a tiempo y nos acompaña la voluntad, rectificar en cada futuro.
Con un poco de suerte, the sliding doors may open again.

Torpeza

Ilustración: http://www.ashesandsnow.org/


Facundo Cabral recitaba una vez: "Hay gente de tan corta vista mental…".
No es difícil repetir esta frase a veces en el día a día. Yo tengo, ahora, una variación: hay gente de tan corta vista emocional… que afortunadamente logran méritos en otras áres de su vida para tener el aprecio y el respeto de los demás. Personas con un ego avasallante, que se quedaron emocionalmente en la minoría de edad y tratan como pañuelos desechables a los demás. Gente que pretende blindarse de vulnerabilidades dando el primer golpe, sin darse cuenta que en el fondo se defienden sólo de ellos mismos.
Torpeza. No cabe duda que por más racionales e inteligentes que sean, son de una torpeza inexplicable, indispuestos a ver más allá de sus miedos y aprehensiones. De entender que pierden más de lo que ganan, porque los primeros que se hacen desechables al perder el respeto a y de los demás son ellos mismos. Y con ello pierden sus prebendas. Torpes.

Cosas importantes

Ilustración: www.ashesandsnow.org


Una vez leí que el mayor valor de los pobres es la solidaridad. También leí y escuché que es más fácil ser solidario con la gente que nos cae bien, que con los que no. En cualquier caso, la familia es la primera incubadora donde uno vive la solidaridad, eso creo.
En casa siempre fuimos muchos. Me crié en la casa de los abuelos maternos, una finca de mil metros cuadrados donde siempre cupimos todos y nunca ha sobrado nadie. Mi abuela, con un poder gravitacional implacable ha logrado mantener, salvo tres excepciones, a toda la familia a menos de 1 km de distancia. Y gracias a la cercanía, aunque no justamente sólo por ella, siempre hemos sido una piña. Para lo bueno, para lo malo, que dicen.
La familia fue una cuando murió mi tía M, a la que no conocí. Indisolubles cuando mis tías tuvieron aquel accidente donde a tía A la dieron por muerta (y luego por resurrecta). Un sola sonrisa cuando nació la primera nieta-sobrina, un único abrazo de aliento entre muchos brazos cuando mi primo K decidió irse a ese colegio militar, o cuando se casó mi hermana, o cuando murió mi tía Anita, o cuando cada quien asumió su rol con la enfermedad del tío B.
Seguimos siendo uno cada día, y lo veo cada vez que regreso, y la familia, en pleno, brinda porque una vez más somos todos los que estamos y estamos los que somos. La familia, lo importante.
Eso lo entiendo bien. Ahora me surge una duda. ¿En qué momento, entre las cosas importantes, como la solidaridad y la familia, dejó de estar el respeto a las personas? Hace poco fui testigo, una vez más, cómo hay cosas que por obvias desdeñamos, sin darnos cuenta del efecto mariposa que el aleteo de nuestros comportamientos tiene. La solidaridad dice mucho de nosotros, sí. El respeto dice más. Y eso es importante, admitámoslo o no.